Ferretería Marina

Compra y vende herrajes marinos en Guatemala.

En la costa del Pacífico de Guatemala una lancha no tiene puerto natural donde refugiarse, así que sus herrajes trabajan duro: la argolla de proa con que se jala sobre la arena negra, las cornamusas que la sostienen junto al muelle, los portacañas que aguantan la carrera de un pez vela. Anclas, cadena y cabo, herrajes de cubierta, bisagras y escotillas, y la dirección de cable o hidráulica detrás del timón se compran y se venden aquí, nuevos y usados. Buena parte sale de lanchas viejas que se reequipan o se desarman, y el metal del que están hechos decide si duran una temporada o diez años.

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Anclas para una costa sin puerto:

en una lancha del Pacífico el ancla sale para quedarse sobre un punto de pesca o para una parada a nadar, no para pasar la noche, porque de El Paredón a Las Lisas las lanchas se suben a la playa o se van en tráiler. Sobre arena, un ancla de placas tipo Danforth se entierra y aguanta mucho más que su peso, y se dobla plana debajo de una banca. Sobre piedra o arrecife resbala, y ahí se gana su lugar el rezón plegable que carga casi todo pescador: agarra enganchándose, no enterrándose. Las anclas de arado y de garra, los diseños CQR y Bruce y sus muchas copias, van en lanchas más grandes con rodillo de proa, como los veleros fondeados en El Golfete. El ancla de hongo sirve para un bote auxiliar o para una boya fija, y con mar de fondo se arrastra. Con cualquiera, un tramo corto de cadena galvanizada antes del cabo mantiene el tiro bajo y lo protege del roce con la piedra. El nylon es el cabo indicado porque estira y absorbe cada tirón; el polipropileno flota y sale más barato, pero el sol lo deja tieso y astillado.

Cornamusas, portacañas y herrajes de cubierta, en agua salada o dulce:

el lugar donde vive la lancha decide el metal. El Lago de Atitlán es demasiado hondo para fondear lejos de la orilla, así que ahí la lancha vive amarrada a un muelle de Panajachel o San Pedro La Laguna, y las cornamusas, guías y defensas cargan el esfuerzo. En agua dulce, que lava cada herraje, el inoxidable 304 cumple bien. La sal del mar se seca en las ranuras bajo la base, y ahí el 304 se pica y se mancha; para una lancha del Pacífico vale la pena pagar el 316 o el bronce. El latón cromado es firme, pero el zamak cromado se ve igual en el empaque y es el primero en fallar. Lo que atraviese la cubierta se sella con sellador marino de mantenimiento del barco, o el agua llega al núcleo.

Cables de dirección y timones hidráulicos:

casi toda lancha de consola con fuera de borda gira con un solo cable de empuje desde un timón rotativo o de cremallera, y el repuesto tiene que coincidir con el tipo de timón y con el largo. En los cables SeaStar el número de parte impreso en el forro termina con el largo en pies. Los motores grandes o rápidos, y las lanchas con dos motores, van mejor con dirección hidráulica. Los cables de acelerador y cambios van con el motor, en motores de barco.

Cómo distinguir el inoxidable marino de una copia brillante:

el 304 y el 316 se ven iguales, así que vale más un grado estampado que la palabra del vendedor, y hay que mirar debajo de la base. El óxido que escurre alrededor de los tornillos o de la placa es corrosión en ranura, y un cuerno rajado en una cornamusa fundida no tiene arreglo. El zamak cromado se siente liviano en la mano y muestra cromo ampollado con polvo blanco debajo. Mueve a mano el perno del grillete, busca en la cadena eslabones gastados o manchas grises sin galvanizado, y dobla el cabo viejo: si truena, no sirve. Gira un timón usado de tope a tope con el cable puesto: si se pone duro o se traba, hay óxido por dentro.

Herrajes de una lancha que se está desarmando:

así llega casi toda esta ferretería a otra lancha, junto con lo que sobra cuando un dueño se pasa a dirección hidráulica o un velerista zarpa del Río Dulce con un cajón de grilletes. Fotografía cualquier grado estampado, la parte de abajo de cada base y el número de parte impreso en el cable. Indica tipo y peso del ancla, largo de la cadena, material del cabo y, en las cornamusas, el largo y la distancia entre los agujeros de los tornillos. Esa medida pesa más que ninguna: quien cambia una cornamusa rajada en Puerto Barrios quiere que la nueva asiente en los agujeros que ya tiene la cubierta, sin abrir otros.